Radar latinoamericano: ¿Latinoamérica en sentido contrario?. Javier Cruz. UNAM – SciDevNet

Fuente: SciDevNet

Crédito de la imagen: Secretaría de Comunicación, Uruguay /Flickr

Para el común de los mortales, los vocablos Escherichia coli evocan infecciones por lechugas, leche o carne de hamburguesas. Por otro lado, propano hace pensar en bombonas de gas licuado para, probablemente, hervir la leche o cocer a conciencia las hamburguesas. Lo insólito es imaginar que la remaldita bacteria pueda ser explotada en beneficio de una línea de producción de gas propano como combustible funcional, económico y —aunque suene a ciencia ficción— renovable.

 Empero, eso justo ha anunciado un equipo de investigadores de Finlandia e Inglaterra[1] al proponer una ruta renovable de biosíntesis de propano aprovechando una enzima presente en E. coli.

No abogaré por la producción de hidrocarburos a partir de biomasa. El propano es un hidrocarburo (C3H8) y, en consecuencia, su combustión emite gases de efecto invernadero inevitablemente. El punto que quiero resaltar es la existencia de una agenda tan amplia de investigación sobre energía que alcanza para imaginar vías metabólicas de producción de combustibles en bacterias de las cuales huímos al preparar la ensalada.¿Muestra Latinoamérica una imaginación comparable? Según el Departamento de Energía de Estados Unidos[2], entre los 15 países líderes mundiales en producción petrolera, la región tiene tres: México (2,9 millones de barriles diarios); Brasil (2,6) y Venezuela (2,5); ningún otro país alcanza el millón de barriles diarios.Agreagando Argentina y Chile, podría alegarse que el avance económico de la región —habida cuenta de las notables disparidades— parece estar basado en una matriz energética dominada por el petróleo[3].

En Estados Unidos abundan las loas a su reciente “boom” energético consecuencia de la extracción masiva de petróleo y gas de yacimientos rocosos no convencionales  mediante las técnicas de perforación horizontal y fractura presurizada de rocas (fracking). A lomos de esa ola de optimismo, México ha aprobado reformas históricas a su Constitución con el objetivo expreso de extraer más hidrocarburos[4].

¿Qué puede tener de cuestionable, entonces, que Latinoamérica explote al máximo los combustibles fósiles que tiene en el subsuelo?

Un giro en la economía

Hace unas cuantas semanas fue hecho público el documento “Mejor crecimiento, mejor clima: el reporte de la Nueva Economía del Clima”[5], redactado por una comisión de ex jefes de Estado, ex ministros y altos funcionarios de las finanzas y los negocios.

“Los dolores y sacrificios —que los habrá— de la transición energética deben ser paliados por incentivos que aún nos deben las ciencias sociales y la Economía. Sólo podrán ofrecerlos mediante la innovación”

Javier Crúz

El reporte, que está explícitamente dirigido a “tomadores de decisiones económicas”, propone 10 puntos, de los cuales seis tocan directamente al sector energía. Y uno de ellos, el cuarto, es visionario: “Introducir precios al carbón fuertes y predecibles”.

En otras palabras, desde el futuro ya próximo, la economía carbonizada costará más que hasta ahora. En igual sentido argumentan el propio Fondo Monetario Internacional[6] y el proyecto estadounidense “Negocios Arriesgados”[7].

¿Le conviene a Latinoamérica insistir en ser más papista que el Papa… o reorientar sus economías con los nuevos vientos, empezando por el sector energético?

La alternativa implica una acelerada transición a fuentes no fósiles de energía. Esa transición es imposible sin un reacomodo de prioridades e inversiones en investigación científica y desarrollo tecnológico. “La Nueva Economía del Clima” lo deja claro: “Para crear la siguiente ola de tecnologías bajas en carbono, la inversión pública en I+D en el sector energía deberá cuando menos triplicarse muy por encima de US$100 mil millones anuales para mitad de la década de 2020”.

Junto con la inversión, deberá expandirse la imaginación.

Un área prioritaria de investigación de campo es el conocimiento preciso del potencial energético por fuente y por región. Odón de Buen, director de la mexicana Comisión Nacional para el Uso eficiente de la Energía[8], dijo a la radio pública: “Tenemos mejor estudiado lo que está a 8 km. en el fondo del Golfo de México que lo que ocurre en la superficie de manera gratuita” con fuentes renovables de energía.

Un tema recurrente en la literatura especializada es el diseño y desarrollo de las llamadas “redes inteligentes” (smart grid), capaces de gestionar el despacho de potencia eléctrica en condiciones de mucha mayor flexibilidad que las redes antiguas. Los modeladores matemáticos, los programdores y los ingenieros de sistemas tendrán mucho trabajo aquí.

Otro elemento estratégico de la transición tendrá que ser la capacidad de almacenamiento —en baterías— de energía eléctrica generada por fuentes intemitentes —como solar fotovoltaica o eólica—, o bien de calor para su posterior uso en turbinas generadoras. Es un área de oportunidad para los ingenieros químicos latinoamericanos.

En contraste con la imagen de China como consumidora insaciable de carbón —que lo es—, esa nación es líder mundial en producción y consumo de turbinas eólicas, celdas fotovoltaicas y tecnología de redes astutas, según la revista Nature[9]. Lo ha conseguido con dos factores que a Latinoamérica le convendría considerar: manufactura intensiva —fuente de empleos de alta calidad— y uso estratégico de instrumentos financieros y de mercado. La primera variable está determinada por políticas robustas de desarrollo tecnológico local, opción que con frecuencia espanta a los ortodoxos del mercado libérrimo a toda costa.

Investigación renovada

Salvo un par de excepciones, las sociedades de la región han optado por economías abiertas con intervención más bien tímida de los gobiernos. En consecuencia, los dolores y sacrificios —que los habrá— de la transición energética deben ser paliados por incentivos que aún nos deben las ciencias sociales y la Economía. Sólo podrán ofrecerlos mediante la innovación, ese concepto potencialmente engañoso que casi siempre florece en campos intelectuales fertlizados con investigación científica

En algún sentido, el llamado “costo del carbono”[10] es una innovación arrojada, desde las ciencias económicas. Su potencial, aún inexplorado, podría poner de cabeza la agenda de investigación sobre fuentes no fósiles de energía, pues alteraría todas las comparaciones de costo unitario de generación en detrimento de los hidrocarburos.

Más aún, si la Economía avanza en el que acaso sea su mayor problema hacia el futuro —la monetización de los servicios ecosistémicos, tema digno de un artículo propio—, incluso el área de mayor éxito en I+D en energía en Latinoamérica —los biocombustibles— podría perder atractivo.

Carla Almeida ha reportado ya los costos potenciales de cultivar biomasa para generar energía[11]. En tal contexto, el ejemplo del uso de E. Coli refuerza el argumento por más ciencia, más imaginativa.

Hasta ahora, la investigación en energía parece haber estado dominada por tecnología extractiva —sólo excepcionalmente de punta— y por modelos económicos con fuerte dependencia tecnológica. Al tiempo, algunas de las economías más dominantes empiezan a comportarse como si la combustión de hidrocarburos fuese, ya, una práctica onerosa.

Latinoamérica parece estar a tiempo aún de reorientar esfuerzos en I+D decididamente hacia fuentes no fósiles de energía. ¿Puede, empero, continuar mucho más tiempo a contracorriente?

Javier_Cruz.jpgJavier Cruz es físico de la Universidad Nacional Auntónoma de Mexico (UNAM), ejerce el periodismo de ciencia desde hace 21 años en diarios y revistas, radio y TV. Es académico de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM

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