‘Peste & cólera’: cuando la ciencia era una aventura. Deville cuenta la historia de Yersin

Tomado de Público.es

El ojo y la lupa
Por: Luis Matías López

Con la apasionante y adictiva Peste & Cólera (Anagrama), Patrick Deville ganó en 2012 el Premio Femina y el Prix des Prix, que se otorga a la mejor obra entre las distinguidas con los galardones literarios más importantes de Francia. Su predecesor había sido Limónov, de Emmanuel Carrère. No deja de ser curioso que, en ambos casos, se haya coronado a novelas que no lo son al cien por cien, sino lo que un crítico de la revista Lire ha calificado como “invención sin ficción”. La materia prima son vidas singulares: la de un mercurial dirigente ruso en el caso de Limónov, y la de un científico y aventurero ilustrado francés, Alexandre Yersin, en Peste & Cólera.

Ambos autores utilizan las técnicas del historiador y del periodista de investigación para seguir el rastro de sus personajes e ilustrar las épocas fascinantes en las que les tocó vivir. Sin embargo, lo más importante es que ponen el fruto de ese esfuerzo al servicio de un proyecto creador que, en ambos casos, resulta deslumbrante. Son dos ejemplos de literatura con mayúsculas, interesante, entretenida, didáctica y enriquecedora. Y con un dominio cabal del estilo al alcance solo de un puñado de creadores.

En Peste & Cólera, Deville asume el papel del “fantasma del futuro” que, armado de un cuaderno de piel de topo, rastrea sobre el terreno la peripecia vital de Yersin, desde su nacimiento en Suiza en 1863 hasta su muerte en Nha Trang (Vietnam) en 1943. En la época de la glorificación de la investigación y la tecnología, cuando el progreso científico desafiaba incluso la idea de Dios, y ya nacionalizado francés, Yersin se convierte en discípulo predilecto del venerado Louis Pasteur, en explorador de las regiones selváticas de Indochina, en introductor en esa región del cultivo del caucho y del árbol de la quinina, en benefactor y médico de los pobres (“pedir dinero a un enfermo es como decirle: la bolsa o la vida”) y en impulsor del desarrollo y producción de medicamentos y vacunas contra enfermedades que causaban centenares de miles de víctimas.

Yersin nunca ganó el Nobel, que conquistaron varios de sus compañeros del Instituto Pasteur de París, convertido en la meca de la bacteriología cuando ese término apenas acababa de acuñarse. Sin embargo, ha pasado a la historia como el descubridor en 1894 del bacilo causante de la peste bubónica, bautizado en su honor como Yersinia pestis. Deville narra cómo lo consiguió: con una combinación de tenacidad y de suerte, durante una epidemia en Hong Kong, cuando los ingleses no le dieron ninguna facilidad para investigar porque, por su rivalidad con Francia, otorgaron prioridad al científico japonés Kitasato Shibasaburo, al que buena parte de la comunidad científica considera aún coautor del descubrimiento.

Mientras el investigador nipón tenía un laboratorio perfectamente equipado, con una estufa regulada a la temperatura del cuerpo humano –a la que proliferan los neumococos-, Yersin se vio forzado a trabajar en condiciones precarias, en una choza de bambú recubierta de paja cerca del hospital, a unos 28 grados… justo el entorno perfecto para el desarrollo de los bacilos de la peste, “pequeños bastoncillos rechonchos con las extremidades redondeadas”. Porque, recuerda Deville, “sin la casualidad y la suerte, el genio no es nada”.

Yersin tenía un temperamento inquieto. La faltaba paciencia. Se cansaba rápidamente de las tareas rutinarias, incluso de las que se suelen considerar imprescindibles para alcanzar los grandes descubrimientos científicos. Podría haber sido el sucesor de Pasteur, pero prefirió vivir a su aire, ser un bicho raro, convertirse por un tiempo en médico de barcos de línea, en impulsor de nuevos cultivos en Vietnam, en benefactor de las poblaciones autóctonas, en antropólogo deslumbrado por singulares formas de vida social, en explorador de nuevas rutas a través de la selva.

De la labor de Yersin en aquellas tierras da fe que las calles que llevaban su nombres lo conservaron cuando los franceses fueron expulsados de Indochina y Vietnam ganó la independencia. Incluso lo lleva aún el Liceo Francés de Hanoi. Su modesta tumba cercana a su imperio de Nha Trang está coronada por una pagoda y muestra el siguiente epitafio: “Benefactor y humanista venerado por el pueblo vietnamita”.

Pese a su individualismo, Yersin fue siempre un miembro destacado de aquella “pequeña banda que se va a pasteurizar el mundo y limpiarlo de microbios (…), temerarios, aventureros [cuando] era tan peligroso acercarse a las enfermedades infecciosas como hacer despegar un avión de madera. (…) Jóvenes con coraje que cierran sus baúles llenos de probetas, utoclaves y microscopios, se montan en trenes y navíos y se abalanzan contra las epidemias (…), la jeringa blandida como una espada. (…) Aplican el método pasteuriano, que se puso a punto con la rabia. Tomar muestras, identificar, cultivar el virus y atenuarlo para obtener la vacuna. (…) En unos años, plagas que eran como monstruos son fulminadas, una tras otra: la lepra, la fiebre tifoidea, el paludismo, la tuberculosis, el cólera, la difteria, el tétanos, el tifus, la peste. (…) Muchos se dejan en ello la piel. (…) A la muerte de Pasteur, la pequeña banda de apóstoles laicos se dispersa por todos los continentes y abre institutos, propaga la ciencia y larazón”.

Deville utiliza un estilo épico que podría servir igualmente para describir las hazañas de Alejandro Magno o las de los conquistadores españoles de América. Pero con una diferencia: que los pasteurianos no estaban al servicio de una idea imperial y de dominación, sino de la ciencia y del combate contra la enfermedad y la muerte.

Era otra época, marcada por grandes descubrimientos que cambiaron la faz del planeta, pero también por dos guerras mundiales (las del siglo de la barbarie y el progreso infinitos), por la Belle Époque y los Locos Años Veinte, por las rivalidades entre las potencias que se repartían el mundo y que tenían su reflejo en el desarrollo científico, como la existente entre las bandas de Pasteur y del alemán Koch, descubridor del bacilo de la tuberculosis. Una etapa fascinante de la historia, que en su fase más gloriosa únicamente podía compararse con el Renacimiento italiano, y a la que el autor de Peste & Cólera rinde homenaje con algunos toques de chovinismo. ¡Vive la France!

Fueron tiempos marcados también por el espectacular desarrollo las comunicaciones. En 1940, en su último viaje, ya en avión, desde París a su nueva patria en Vietnam, Yersin tarda en llegar ocho días, tras más de 12 escalas. Y le parece casi un milagro, porque en 1861, cuando Henri Mahout descubrió los templos jemeres de Angkor, el viaje en barco duraba tres meses. Treinta años más tarde, con la ruta de Suez ya abierta, Yersin recorrió el mismo trayecto en un mes. “En lo que dura la vida de un hombre”, escribe Deville, “la calabaza se había convertido en melón y después en mandarina”. Cabría añadir: y la mandarina se ha convertido en un grano de maíz, porque un vuelo directo apenas tarda hoy medio día.

Concluiré con dos curiosidades terminológicas: posh y dwem. La primera, cuya traducción actual más frecuente es pijo, significa en realidad port out, starboard home (babor, a la ida; estribor, a la vuelta), que el autor de Peste & Cólera asimila a “dandy o alguien que está muy a la moda”. Alude a la elección de camarote en el costado del barco que permite que el viajero vea siempre la costa, tanto a la ida como al regreso. En cuanto a dwem se trata de una reducción de dead white european males (varones europeos blancos y muertos). Y puede aplicarse a gigantes como Da Vinci, Dante, Pascal, Goethe, Beethoven, Rimbaud, Cervantes, Galileo, Shakespeare, Euclides, Pasteur y -con todo derecho- al mismo Alexandre Emile John Yersin, distinguido aventurero, filántropo y científico miembro de la mítica banda de los pasteurianos.

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