EL MODELO DE UNIVERSIDAD QUE QUEREMOS. Escribe: Walter A. Vidal Tarazona

Poeta y narrador ancashino.

“Lejos de ser un arma al servicio de la conquista de mercados por la eliminación de competidores, la educación debe de ser un medio eficaz al servicio de la creación de la riqueza común mundial”. Ricardo Petrella

 “Al no haber una filosofía educativa, la educación universitaria, sea pública y privada, resulta una rémora antes que una solución”. De la: HOJA DE RUTA DEL GREMIO DE ESCRITORES DEL PERÚ PRESENTADO A LA MINISTRA DE CULTURA SUSANA BACA.

Dirección electrónica: HOJA DE RUTA DEL GREMIO DE ESCRITORES DEL PERÚ

Desde el encuentro internacional de Universia (Sevilla, mayo 2005), los rectores en el mundo han venido reafirmando su compromiso con un modelo de enseñanza basado en principios éticos, en la transmisión de valores, en la adquisición sólida de conocimientos y el desarrollo de actitudes y capacidades para que el estudiante logre integrarse en el mundo laboral; en aquella oportunidad definieron el carácter humanista, científico y técnico de la formación universitaria. La pregunta es: ¿Ésta es la educación que queremos para nuestras universidades?. ¿Qué modelo de Universidad estamos nosotros buscando?. Con este artículo pretendemos generar una reflexión en torno a qué somos y qué deseamos ser como universidad. Contextualizando el conocimiento al mundo actual, abordaremos lo que sería la misión de la universidad desde su propio ethos y sus principios e intentaremos delinear algunas consideraciones teóricas para aproximarnos a una visión de universidad nacional.

 Francois Lyotard (La Condición Post Moderna, 1987) decía que el saber es producido para ser vendido y también es consumido para ser valorado en una nueva producción; es, y lo será aún más -decía- “un envite mayor, quizá el más importante, en la competición mundial por el poder”. No cabe duda que hoy “el saber” y “el saber hacer” son factores claves de la producción: son insumo-productos. ¿Qué implica esto?. Que la universidad se ha visto obligada a conectarse, como centro productor de conocimientos, con los cambios en la ciencia y tecnología, principalmente en los países industrializados; en la mayoría de los países del tercer mundo, todavía no se da esta conexión plenamente, y la universidad peruana, en carrera en esta competencia de transformación, atraviesa por una situación crítica, que sensibiliza incluso su propia identidad.
 Bien, es ésta, definitivamente, la oportunidad para que la Universidad global reflexione, en bien de todos los habitantes del mundo, que los conocimientos que nuestro planeta necesita son saberes que tiendan a tener pertinencia a su desarrollo ecológico, que se generen, distribuyan reguladas con normas de moral pública y que rescate los valores humanos olvidados en la axiología. ¿Quién si no es la Universidad podría generar conocimientos con estas características?
 Su ethos, que por principio y definición es servir al hombre con la cultura que crea, recrea, conserva y transmite, no se reduce a lucir un rol sólo “profesionalizante”: su misión es continuar con la educación en su nivel superior, que no es la de ser un instrumento al servicio exclusivo de la productividad como muy acertadamente reflexiona Amartya Sen; porque ésta, tiene que ver con la esencia misma de lo que es la Universidad y su misión desde su propio carácter.

Cuando la Universidad fue creada, sus ideales eran ciencia y autonomía, enarbolaba como principio básico el humanismo; pasó bastante tiempo hasta tener esta configuración moderna y ser tentada por la industria competitiva empeñada en devorar a la pequeña artesanía de auto subsistencia.

 Hoy la Universidad es ya científica: produce ciencia y tecnología, y lo trasmite también con autonomía. Pero ha perdido mucho de su humanismo. La crisis de las universidades en el mundo occidental tuvo que ver básicamente con la masificación que provocó un cambió en los objetivos pedagógicos (qué enseñar y cómo enseñar) redefiniendo su relación con la sociedad, en la cual la Universidad se sitúa como el principal proveedor de capital humano para la industria, cuyo auge la obligó a hacerse competitiva, ligándola además a su desarrollo y presionándola a que redetermine sus roles básicos: la investigación y la docencia, siempre tratando de reorientarla a su competencia.
 En América Latina la reconversión fue mucho más crítica por el problema de calidad de su enseñanza. En nuestro país, en general, la universidad es todavía casi verbalista, sigue siendo básicamente informativa, poco sensible al acontecer social; en general, no está considerada como factor de cambio, no produce conocimientos todavía en cantidad ni en calidad adecuadas, su pedagogía aún no es una actividad reflexiva que le permita, más allá de sólo adiestrar o instruir (Peñaloza, 1998), brindar a los alumnos una formación integral. Los últimos gobiernos, principalmente el de Fujimori y Alan García, jamás se han preocupado por la calidad de la educación universitaria, por el contrario: han conducido a su deterioro al masificarlos, básicamente con la creación de universidades privadas. “Al no haber una filosofía educativa, la educación universitaria, sea pública y privada, resulta una rémora antes que una solución”, como lo señala muy bien el gremio de escritores del Perú al diseñar “una hoja de ruta” que han presentado a la Ministra de Cultura.
 Se supone, por ejemplo, que mi universidad, la UNAC (Universidad Nacional del Callao), como encargada de preservar, trasmitir y recrear el legado cultural e impartir los conocimientos producidos y reproducidos por ella para el desarrollo social y económico de la región y el país, “[…] es una institución de educación superior, democrática, autónoma, científica y humanista, dedicada a la investigación, innovación tecnológica, a la difusión de la ciencia y cultura, la extensión y proyección universitaria y la formación profesional, para contribuir al proceso de desarrollo económico-social independiente de nuestra Patria” (Estatuto, art. 1), a “[…] formar integralmente humanistas, investigadores, científicos, docentes universitarios y profesionales de alto nivel académico, en función de las necesidades, recursos y objetivos nacionales” (Ibid, art. 6). Pero, la UNAC, como la mayoría de las universidades nacionales, no produce aún ciencia ni tecnología con pertinencia al desarrollo de su región, distando un tanto, entonces, para ser buen motor de desarrollo del país.
 Precisar una visión universitaria en concreto, desde su esencia misma de lo que es Universidad, pasa por un análisis profundo de la crisis universitaria, y de ella la parte que corresponde a la crisis de valores que invade el mundo de hoy, en particular también a nuestras instituciones universitarias, crisis que lleva a sensibilizar no sólo sus principios, sino su propio ethos y talvez su propia identidad como institución de educación superior. ¿Podemos hablar ya, entonces, sobre la necesidad de una segunda reforma universitaria?
 Cornejo Polar decía que “la reflexión de la universidad peruana sobre sí misma se ha congelado” (En Alma Máter,1992), y creemos que esta situación poco ha variado. Salvo la autónoma preocupación por su calidad que partiendo de algunos pocos de sus docentes generó una corriente que fue canalizada por la Asamblea Nacional de Rectores y que posteriormente el Estado se vio impelido a dictar la ley del SINEACE, que con sus imperfecciones y todo, es ya un avance.
 Por cierto que la Ley Universitaria también establece que las universidades -profesores, estudiantes y graduados- se dedican al estudio, la investigación, la educación, a la difusión del saber y la cultura, a su extensión y proyección social; sin embargo se sabe que eso no se cumple. Quedó en el papel. Tal vez Agurto Calvo, tenía razón cuando decía que “las universidades estatales están condenadas [con la actual ley] a ser entidades de tercer orden, resignadas a una mediocridad académica” (En Perspectiva Universitaria, 1994).
 Lo que ya se puede asegurar es que, si nuestras universidades no cambian, o el cambio no garantiza una mejor calidad de su producto, en el actual entorno competitivo de reconversión de las economías hacia un nuevo tipo de producción basada en el conocimiento, en un escenario además de globalización que impone su dinámica, se irán alejando cada vez más de la preferencia del mercado; y, sin pertinencia para el desarrollo de su entorno, del país y global, seguirán instruyendo o adiestrando técnicos de baja calidad que terminarán en ocupaciones para los que no fueron preparados.
 Sin embargo, aquello, es decir, el cambio para el mercado cada vez más exigente, es sólo una primera condición para el cambio total; la calidad de la educación exige, hoy más que nunca, que la Universidad también rescate, en su nivel que le compete (educación superior), los propósitos de la educación que no sólo son conocimientos, no sólo es desarrollar las habilidades y destrezas para el mejor desempeño del profesional, es, sobre todo, formar actitudes valorativas, para que el profesional -antes que profesional- sea una persona con valores éticos, sensibles a otros valores: estéticos, sociales y humanos.

No existe pues otra alternativa que revertir la actual situación. Para lo cual necesitamos un modelo de universidad que brinde enseñanzas pertinentes al desarrollo, prioritariamente de su región y del país, que permita la educación de profesionales competentes, emprendedores, solidarios, animados por valores éticos y de servicio a la comunidad; un modelo que permita un activo diálogo cooperante con la sociedad y estreche vínculos con su entorno, un modelo de universidad que fortalezca la capacidad emprendedora de nuestros docentes y estudiantes para que apliquen sus conocimientos en la ejecución y desarrollo de unidades empresariales, que alcance una gestión eficiente, eficaz, transparente, profesional, participativo y democrático, para que cumpla cabal y óptimamente con sus funciones de investigación, docencia, extensión y difusión.

 Se requiere, finalmente, una política de educación superior que sea coherente con el desarrollo del país, y que: “Una Universidad que se ha de crear tendrá que demostrar que es buena. Y no con sus currículos (porque el papel aguanta todo) sino con la calidad de sus investigaciones, de sus publicaciones, de sus tesis” (palabras del ex ministro de educación Javier Sota Nadal).
 Resumiendo, creemos que la educación no es tanto un instrumento ni un medio, es principalmente un fin. Entonces, no deseamos sólo modelos de enseñanza (rectores, supra), queremos un modelo de educación universitaria, no pura competencia técnica (de competentes y competitivos), sin capacidad crítica ni creadora; sino, una Universidad, con la autonomía responsable para considerar también el poder, como poseedora del saber, al servicio de la hominización y humanización plena, con una visión que no pierda como objetivos el óptimo desarrollo del saber, la dignidad humana, la solidaridad colectiva, la conciencia social y ecológica. Se nos abre una esperanza: este nuevo gobierno tal vez esté pensando como nosotros.
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